lunes, 5 de enero de 2009

QUE CLASE DE DEMOCRACIA TENEMOS

Una pequeña introducción a esta llamada democracia irreal, que algunos personajillos de occidente no se cansan de repetir hasta la saciedad, en fin voy aportar y definir la palabra democracia, es el gobierno del pueblo, para el pueblo, en el cual la toma de decisiones lo hace el mismo pueblo, la democracia de la que hablamos, es la democracia directa. A esto se llama también participativa que facilita a los ciudadanos la capacidad para organizarse, y ejercer una influencia directa sobre políticas sociales y publicas.

Si hablamos de la democracia indirecta, es la que los ciudadanos reconocen a personas y depositan su confianza en ellos por medio de unas votaciones y en igualdad de condiciones cuando se trata de organizaciones políticas (cosa que no se ha dado en el pasado ni en el presente). El miedo existe por parte de las clases privilegiadas a ese tipo de democracia, pues perderían el poder.

Sir. Winston Churchil, primer ministro del Reino Unido, aludía siempre que podía, a que la democracia era el sistema mas imperfecto del mundo, pero también hacia referencia, que el gobierno debería estar en manos de personas influyentes y adineradas o capitalistas, para que las masas embrutecidas no llegaran nunca al poder, ya que podían poner en peligro su status social-económico.

El verdadero drama de la humanidad, es que la pobreza a aumentado hasta limites insospechados y seguirá aumentando irremediablemente, la tierra corre el peligro de extinguirse, por el desarrollo irracional de la industrialización tecno-mercantil, quemando recursos ecológicos de forma incontroladas. Ni que decir tiene la nuclearización de algunos países, como EE.UU., Rusia, China, Gran Bretaña, Francia, India, Pakistán, etc.

De los planificadores de la insurrección a los organizadores de la distracción: toda la historia del siglo discurre entre dos polos. Así va la fábula democrática: en cuando los pobres se enriquecen y se convierte clase media no se dedican su tiempo libre a la política ni a la cultura, si no a la diversión. La democracia se había asignado unos objetivos muy nobles: liberar al pueblo del estado de necesidad y elevarlo a dignidad de sujeto político mediante el civismo y la educación. Salir de la miseria y de la rusticidad tenía que representar para cual la reapropiación de su humanidad plena. Esta esperanza no se ha cumplido: para una mayoría de gente el embrutecimiento delicioso de las distracciones es muy superior a los múltiples medios de compromiso y desarrollo personales. Para expresar esta inercia los norteamericanos han acuñado el termino patatas del sofá, ese nuevo diplomado en su sofá mientras devora patatas fritas, orondo bebé atiborrado por los ojos y por la boca que se deja dócilmente cebar, engendrar un nuevo tipo humano, nuevas disfunciones. El individualismo es uno de los nombres de la libertad, pero no cuando se olvida que ser libre significa en primer lugar gozar de los vínculos de afecto y reciprocidad que nos unen a nuestro semejantes y hacen que seamos personas con vínculos, personas llenas.

El desencantamiento del mundo se vincula a otro fenómeno inquietante de nuestro tiempo. Podríamos llamarlo la primacía de la razón instrumental, de la racionalidad, que utilizamos cuando evaluamos los medios más simples de alcanzar un objetivo determinado. La eficacia máxima, la mayor productividad, lo impregnan todo. La razón instrumental no sólo ha ensanchado su campo propio, sino que amenaza con tomar posesión de nuestras vidas. Son muchos los ejemplos que ilustran esta sospecha: la utilización de las exigencias del crecimiento económico para justificar el reparto tan desigual de los bienes y de la riqueza, o la manera en que estas mismas exigencias nos hacen insensibles a las necesidades del medio ambiente, al punto de ponernos a las puertas del desastre.

Estado o democracia son ilusiones verbales, metáforas, no objetos reales. El Estado es no es otra cosa que una asociación de individuos que están de acuerdo entre sí para hacerse llamar Estado. Esos hombres y mujeres se han fijado como objetivo ejercer el monopolio legal de la violencia y la extorsión de los fondos. Los propietarios del Estado-pesebre-de-oro son los únicos individuos de nuestra sociedad que obtienen sus ingresos bajo coacción. Pero los teóricos de la democracia explican que el impuesto es voluntario: un contrato establecido entre el Estado y el pueblo, entre los que están dentro y lo que están fuera, ¡Falso ¡ Bastaría con suprimir la amenaza para que los contribuyentes dejaran de pagar.

De la misma manera que el impuesto es el robo, la guerra es el crimen, y el servio militar es la esclavitud. El robo es el robo, el crimen es el crimen. Que uno y otro sean perpetrados por un hombre solo o por un grupo de hombres no cambia nada la naturaleza criminal. La democracia no sirve de excusa. No porque una mayoría, un acto criminal deja de serlo. En resumen el Estado es la más vasta y más formidable organización criminal de todos los tiempos, más eficaz que cualquier mafia de la historia. No hay pues corrupción en el Estado, simplemente el Estado es la corrupción misma.

¿Por qué, entonces, el Estado goza de estima universal, a diferencia de los ladrones? Aquí interviene el papel de la ideología y de los ideólogos. En todas la épocas el Estado ha mantenido cortesanos cuya función es legitimarlo. Estos ideólogos se en encargan de explicar que un crimen individual es condenable, pero que, cometido en masa, por el Estado, es justo. Sin ideología no hay Estado. El objetivo de todas las ideologías siempre ha sido el mismo: convencer a la opinión pública que la existencia de fechorías del Estado son necesarias e inimputables.

Asistimos al triunfo del imaginario "liberal" y a la casi desaparición de la otra gran significación de la modernidad, el proyecto de autonomía individual y colectiva. Superficialmente esto se ha traducido desde comienzo de los ochenta en la victoria de la contraofensiva liberal y conservadora, que impuso condiciones que parecían antes inconcebibles, como la reducción de los salarios reales, y a veces incluso nominales. O niveles de paro que habíamos decretado imposible, porque hubieran provocado una explosión social. La clase proletaria ha desaparecido y se ha fundido con la clase media, pero la miseria sigue enseñando la patita bajo la mesa de Epulón. Pero no pasa nada.

Hay quien asegura tajantemente y con brutalidad que el paro no es problema, sino una solución, como lo fue en su momento la inflación. Es decir, las sociedades occidentales han optado colectivamente por privilegiar el poder adquisitivo de los que han conservado su empleo, a costa de los demás ¿Cómo? Aceptando una progresión de los salarios reales a. O dicho demasiado fuerte con relación sus cuotas de productividad de otra forma, se repartieron unas cuotas de productividad insuficiente a través de los salarios reales. El resultado es la sociedad dual, la escisión entre quienes están dentro de la maquinaria productiva y los que están fuera.

El núcleo duro de estos ejércitos de cínicos pretende justificar su mesianismo revolucionario en la implacabilidad de las verdades económicas, al margen de que el economicismo sea o no una forma de humanismo. La izquierda ha abandonado el campo o se ha mimetizado con la derecha, fracturada intelectualmente se ha considerado así misma buena por ser de izquierda.

Lo que queda, pues, es el pobre pensamiento único esgrimido por una casta resentida y doctrinaria cuya palabrería queda, sin embargo, destruida por los datos. Mientras los medios universitarios, mediáticos y políticos proclaman la sabiduría de la política económica vigente en los últimos años y el dinamismo de la economía, el porcentaje de paro en los países como España constituye un mentís a esa pretendida sabiduría. El economicismo no ha servido para generar incentivos, para utilizar, ni para formar capital humano del país. El pensamiento único no es si la nueva excusa urdida para socavar la sociedad política y derogar los hábitos socioculturales de la población que hacen que los individuos reabonen, se expresen y participen libremente en el espacio publica. El neoconservadurismo militante y airado, su refundación cultural y sus logros son el acta que decreta el exacto diseño que ha de tener el pesebre de oro para que pueda dar alfalfa bastante a los que están dentro. De los que están fuera ya se ocupará la caridad. ¿Qué les pasa a los pobre en una sociedad donde toda libertad reposa en la propiedad, una sociedad en todo tiene un precio?

Las grandes transformaciones en la estructura de clases iniciadas por los neoliberales, que gestionan la mega polis desde su núcleo duro o sus dependencias aledañas, todavía retumban: la sustitución de capitalistas industriales nacionales por financieros internacionales y especuladores inmobiliarios, de ingenieros por consejeros de inversión, de obreros industriales fijos, bien pagados y sindicados, por obreros eventuales, mal pagados y por cuenta propia, y sobre todo, el enorme crecimiento del norte y en sur, en el este y oeste, del sector informal, un mosaico social que va desde contratista que dirigen talleres de explotación mal pagados, hasta un ejercito de traficantes de drogas, vendedores y compradores. Todos operan sin regulación estatal, minando así un siglo de legislación social.

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